La cenicienta que reinó la Premier

Érase una vez un club de fútbol de una ciudad del centro de Inglaterra. A sus 132 años de edad competía en la máxima división de su país. Y algo más que eso, durante buena parte de la temporada 15/16, también fue quien la lideraba.

Nadie habría esperado que un equipo modesto pudiera ser el primero en una liga como la Premier League, en la que competían equipos del estilo del Tottenham, el Manchester City, el Liverpool, el Arsenal, el Chelsea o el Manchester United.

Bueno, quizá “nadie” sea decir demasiado.

Sí lo esperaba, tal vez, un aficionado. O, al menos, lo deseaba, lo quería, lo anhelaba lo suficiente como para apostar en agosto 50 libras (unos 65 euros) en una casa de apuestas a que el equipo de sus amores se llevaba el título de liga.

Y tan posible se había vuelto que el Leicester consiguiera ganar la Premier League, que la casa de apuestas le ofreció a aquel aficionado un acuerdo con el que, a tres meses del final de la competición, ganaría 72000 libras (aproximadamente 93000 euros), en lugar de la cantidad que podría agenciarse si arriesgara con su apuesta hasta el final. El aficionado aceptó el dinero por aquello de “más vale pájaro en mano…”.

Así transcurrían las jornadas en la Premier. El italiano Claudio Ranieri colocaba a sus jugadores sobre el terreno de juego los fines de semana, y con cada triunfo, el Leicester se situaba un paso más cerca de lograr el ansiado título.

Nombres como los de su portero Schmeichel, su capitán Wes Morgan, o los de Danny Drinkwater, Riyad Mahrez o Jamie Vardy resonaban en las gradas del King Power Stadium durante los domingos de aquella temporada.

Las gargantas de los aficionados del Leicester vibraban en todas las jornadas, jugara el equipo en casa o fuera, empujando con sus cánticos a que remataran aquel córner, a que driblaran a esos defensas, a que su portero blocara un tiro decisivo, o a que el balón terminara dentro de las mallas del contrario.

Quiso el destino que no pudieran (aún) conseguir su ansiado título en el Teatro de los Sueños y que no pasaran del empate ante el Manchester United en casa de los diablos rojos. Pero aún había una bala en la recámara para que en esa jornada el Leicester fuera campeón: que su inmediato competidor, el Tottenham, se dejara algún punto en su encuentro frente al Chelsea.

Unos 144 kilómetros separan Stamford Bridge de la casa de Jamie Vardy. 144 kilómetros recorridos en un segundo a través del cielo, por medio de las ondas de la señal televisiva. Noventa minutos y un empate después, el grupo de jugadores que había defendido cada fin de semana el escudo de los foxes estallaba en un griterío de alegría tras escuchar el pitido del árbitro en Londres. El Leicester ya era campeón.

Y lo celebraron como se celebran las cosas épicas: a lo grande. El King Power Stadium se vistió de gala para festejar, unidos el club y sus aficionados, el título de liga. Claudio Ranieri y Wes Morgan alzaron la copa al cielo de Leicester, coronando un año para el recuerdo. Una temporada para la historia. El punto que cierra un cuento con final feliz, en el que la cenicienta reinó la Premier.

No me imagino lo que tiene que ser que el equipo de tu ciudad, ese al que vas a animar cada domingo, que cuenta con un presupuesto alejado del de los grandes equipos, consiga ganar un título de liga como el de la Premier. El triunfo del fútbol modesto en medio de un puñado de equipos que parecen venidos de otro planeta.

Enhorabuena al Leicester. Y, sobre todo, enhorabuena a sus aficionados.

Carolina Méndez

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