“Sierra y Canadá”, Sidonie

(Los versos que son el hilo conductor de esta entrada pertenecen al álbum “Sierra y Canadá” de Sidonie)

Sierra estaba hecha de metal. Era un sistema artificial. Y Canadá era un robot cableado en su interior. Por culpa de un error fatal, se quedaron sin momento y sin lugar. Empezaron a correr, pero el tiempo era un homicida cruel. No había perdón, ni el mismo segundo para los dos. Entonces, ambos rompieron su voz, quebraron filas, terminaron con el acuerdo. Y las manos de ella se volvieron arañas en torno a los recuerdos de él. Así apagaba su sed. Mientras tanto, él se sentía un incomprendido, el mundo no le entendía, nadie apreciaba su sutilidad. Pero estaba seguro de que era la crema de toda su generación.

Y un buen día se convirtió en un día de mierda. La pizza se quemaba en el horno entre silbidos de una canción que sonaba a algo del setenta y dos. Él se quedaba en el sofá mirando el rostro que se reflejaba en su televisor, esperando que la melodía no fuera un plagio. Y cuando se cansó del reflejo, se puso a ver El apartamento para olvidar que ella había vuelto a Madrid. De repente, Canadá se sentía el eterno segundón, el feo de los Wham. Olvida Roma, esto es Montreal, pero te quiero igual, le hubiera gustado escribirle.

De repente, la memoria pudo más y, en un segundo, los recuerdos trajeron a todo el mundo a aquel lugar. Él subía a su habitación, no reconocía a nadie, pero todos sabían quién era. Decía adiós, pero nadie prestaba atención. Y aun así, él los quería allí. Estáis aquí, decía. No puedo veros, pero sé que estáis aquí. Sierra volvió a su mente. Si la pensaba más, casi la podía hacer carne. Por eso, encerrarse en él fue la solución. Tuvo que escribir un poema final, que sirviera de epitafio, que sellara sus labios. Y entonces él recordaba que ella solía mirarle con un destello igual a las luces de los faros del coche que ahora le quería atropellar.

Siempre hay uno que ama más que el otro, se dijo. El miedo los mantuvo juntos al principio. Y a eso lo llamaban amor. Ahora todo era diferente. El sol se extinguía. Llegaba la noche sin final, disolviéndolos de nuevo en nocturnidad. Canadá echaba de menos a Sierra, pero hacía tiempo que ambos se habían rendido. Y él consiguió aprender a curar sus heridas con olvido y morfina. Por último, se encontró vivo, pero con la piel hecha trizas, caminando entre chatarra ardiente. Bienvenido a Hiroshima, mi amor, escuchó. Y se dio cuenta de que la explosión sublime había parado su reloj.

Carolina Méndez

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2 respuestas a ““Sierra y Canadá”, Sidonie

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