“La Deriva”, Vetusta Morla

He de reconocer que, de vez en cuando, me gusta jugar con los títulos de las canciones y algunos de sus versos para convertirlos en textos más largos sin que esas letras pierdan del todo su sentido. Sé que el texto que publico a continuación en esta entrada no es el que he usado como formato habitual del blog hasta ahora, pero quería compartirlo.

Se trata de una suerte de perfil del disco La Deriva, de Vetusta Morla, aprovechando que están con su fin de gira. Conjugando los títulos de las canciones y algunos bonitos versos de los muchos que tiene el álbum (epílogo incluido), esto es lo que ha salido.

La Deriva – Vetusta Morla

Para que el destino no nos tomara las medidas, ellos crearon La Deriva. Se inventaron una salida, y lo hicieron muy bien. Tanto, que con ese dejarse ir dieron su golpe maestro. Una declaración de intenciones en toda regla, que hasta un insecto podría comprender. Incluso esa pequeña mosca que parece una mota en la pared. La misma que nada cuenta y todo ve. Y pusieron fuego, siempre alrededor, porque eran ellos quienes lo guardaban. Pero no lo hicieron como una señal para que nos encontráramos. Al fin y al cabo, ¿quién quiere hacerlo si aún no se ha perdido? Y entonces llegaron la banda, el sheriff y el alcalde, y aunque la fiesta mayor tenía mucha pista, había poco baile. Nada encajaba en su lugar, y todo lo hacía.

Alguien al fin dijo: ¡alto! y, por un momento, la fiesta paró. Adquirió un ritmo más calmado, dejando que las ganas de volver a la realidad nos fueran acompañando, guardando ellos la fe para que los demás encontráramos el milagro. Y en esa calma tensa, se abrió la grieta. Folios en blanco donde caía polvo en flor, el guiño del cursor, las declaraciones de amor que remitía el banco. Fue ahí cuando regresó el fuego, pero esta vez en cantidades industriales. Los pirómanos lo repartían a diestro y siniestro en discusiones, siempre en el mismo lugar. Menos humos y más fuego, clamaban. Y cuando la llama se apagó, dejaron de luchar y se sentaron en las salas de espera. Entonces fueron varios artistas más en el festival de la paciencia. El frío llegó de repente, pero ya no era trágico jugar con la distancia y heredar su soledad. Solo necesitaban despegar, y al final no tuvieron que confundir más el duelo con su hogar. E igual que vino el frío, se fue. Dio paso a las playas de julio y agosto, en las que el Tour de Francia se derretía a contrarreloj, en brazos del sofá. Iban hundidos en la general, pero se mantenían a flote. Septiembre ya estaba ahí y comenzaba a escucharse una sonata fantasma, inspirada en la literatura, que vistió la plata otra vez que el tiempo le había ido tejiendo.

Y ese mismo tiempo siguió pasando y daba vueltas a las norias que giraban si no nos enfadábamos, iluminadas por las auroras en la batalla, donde los profetas de la mañana creaban historias que soñaban con ser soñadas. Y el bendito cuento volvía a repetirse, ellos se refugiaban en los amigos, en las sombras de algún bar. Decían que habían encontrado un amarre a su deriva, que se habían buscado la salida. Y nos pedían que nos guardáramos bien del frío, con la promesa de un continuará, un ya nos veremos por allá.

Resulta que, al final, habían sobrevivido a la deriva colgados en puntos suspensivos.

Carolina Méndez


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